viernes, 27 de marzo de 2015

Koh Phanghan: mi tierra de las "primeras veces"

Me encanta llamarla así porque en esta isla me di permiso de hacer muchas cosas por primera vez!!! Algunas que comparto aquí... otras que se quedarán conmigo... Pero lo cierto es que en Koh Phanghan viví los meses más intensos de mi vida... hasta ahora...

Esta es una isla ubicada en el sur del Golfo de Tailandia, conocida por su famosa "Full Moon Party" ("Fiesta de la Luna Llena"), que tiene lugar todos los meses en la playa Haad Rin. Sin embargo, este tipo de fiestas no son más de mi interés, así que me fui a vivir al lado opuesto, donde la comunidad de Yoga es bastante amplia.

Allí, en Srithanu, pasé mis días practicando Ashtanga Yoga y dando clases de Hatha. Pero también descubriendo nuevas facetas en mí... Poco a poco fui quitando capas, tal como se pela una cebolla... -hasta con lágrimas incluidas algunas veces...- olvidándome del qué dirán y sólo siendo fiel a mi corazón...

Así, con esta nueva resolución, aprendí a manejar scooter, lo que me permitió recorrer gran parte de la isla y admirar sus playas de arena blanca y aguas azules, sus magníficos atardeceres y recorrer el mercado callejero de Thong Sala los sábados por la tarde.

También aquí ¡jugué a ser modelo!! Recuerdo que a mis 14 años me inscribí en un curso de modelaje, creo que -como buena adolescente- tenía una idea muy romántica de este mundo... pero, está claro que mi camino ¡no era ese! De todas formas, en Koh Phanghan acepté la invitación de una hermosa fotógrafa, me desentendí de los estereotipos y disfruté miles las cuantas sesiones fotográficas que hicimos. No sé si alguien le comprará mis fotos algún día, pero al menos a mí me queda una maravillosa sensación de desenfado y libertad.

Disfrutando del amor del lente fotográfico

Samma Karuna, por su parte, ¡me abrió el corazón! Esta pequeña escuela me dio la oportunidad de ser de su familia. Aquí no solo di clases de Yoga y enseñé talleres de Reiki... aquí bailé, salté, reí, amé, lloré, medité, volví a bailar, reír, amar y llorar. Aquí conocí a personas maravillosas de todas partes del mundo que llenaron mi alma de amor puro y sincero, de abrazos fuertes y eternos, de recuerdos que se tatuaron en mi alma. Por primera vez sentí verdadero amor y conexión por personas completamente desconocidas mientras bailábamos en una clase de "Therapy Dance" (Baile Terapéutico). Aquí medité sobre lo que llamo ´mis dos vidas en esta vida´, y por primera vez las lágrimas limpiaron la oscuridad de mi alma y agradecí profundamente el regalo de la nueva luz. (Definitivamente, Samma Karuna es un capítulo aparte, así que le dedicaré el tiempo que se merece en otra entrada...)

Estudiantes de Samma Karuna rendidos en Savasana

De mis lugares favoritos en la isla -además de los exuberantes paisajes y cálidas playas, ¡por supuesto!- debo decir que "The Dome" (El Domo), "Phanghan Cove" y "Art Cafe" eran mis escondites... Cada uno de estos lugares me ofrecía refugios distintos. The Dome es un pequeño baño de vapor donde unas 10-15 personas se sientan en la oscuridad a respirar los aceites de hierbas curativas, conversar, ¡sudar!, e incluso cantar. ¡Este lugar es mágico! mientras se está sudando a mares dentro, afuera te espera una fogata a la luz de las estrellas, sandía fresca, agua y té. Pasar las noches en este ritual era simplemente un regalo a los sentidos.... Aquí, las personas salen del Domo a ducharse para refrescar el cuerpo antes de unirse a la fogata; la mayoría están desnudas y a nadie le importa un bledo... ¡así que a mí tampoco me importó! Desnuda, al lado de quien fuera, me duché mientras conversábamos como quien espera en la fila del supermercado... ¡qué sensación de libertad!

"Phanghan Cove", íntimo y hermoso lugar para besar estrellas, compartir con amigos y comer delicioso

"Art Cafe", mi refugio para leer, escribir y estar conmigo. Aquí tomé decisiones muy difíciles pero necesarias; me deleité con queque vegano de chocolate y probé el Kefir por primera vez

En Koh Phanghan también ¡hice snorkeling por primera vez!... quienes me conocen bien saben que le tengo fobia a los tiburones, por lo que el mar y yo solo nos relacionamos hasta las rodillas... así que esta aventura la menciono porque fue toda una hazaña para mí... ¡Me encantó! aunque reconozco que tal si fuera una niña de 5 años, solo lo logré porque una amistad me llevó de la mano todo el tiempo... no importa, superé mi taquicardia, calmé mi respiración, dejé de ver monstruos marinos en las piedras y disfruté observando el fondo de mi temido mar...

Por primera vez, hice muchas cosas en esta burbuja maravillosa, aventuras y experiencias que vivirán en mi alma, en mi piel, en mis sentidos y en mis recuerdos. Koh Phanghan me robó el corazón, lo curó, lo limpió, lo besó, lo abrazó, lo rearmó y me lo devolvió... más sano, más fuerte, más seguro, más grande.... Espero algún día reencontrarme con este amante natural, con esta escuela de vida, con este extraño pero cálido hogar. Mientras tanto, seguiré atesorando "mis primeras veces"...

viernes, 13 de marzo de 2015

Holi: ¡primavera, colores y amor!

Paralelo al resumen que he venido haciendo en este blog sobre mis vivencias y aprendizajes, quiero empezar a escribir más sobre el día a día de mis viajes... así que me adelantaré unos meses desde mi última entrada ("Pasión en el verdor") para contarles sobre la hermosa festividad que acabamos de vivir en India: Holi.

Esta es una palabra en sánscrito (la lengua antigua de India) que describe la celebración conocida como "Festival de Primavera", "Festival de los Colores", o "Festival del Amor". Tradicionalmente, Holi es una antigua celebración religiosa hindú observada mayoritariamente en el norte de India y Nepal, pero en los últimos tiempos, personas de otras religiones y de otras regiones de India comenzaron a participar de la festividad. Más recientemente, también se ha popularizado en países del Sur de Asia, Europa y América.

Según el calendario hindú, la fecha puede variar pero casi siempre ocurre en marzo, coincidiendo con la luna llena y el equinoccio de primavera. Así que este año tuve la fortuna de estar justamente en India y celebrar, no solo con las personas locales sino también con los estudiantes y compañeros en la escuela de yoga.



Empezamos las festividades como lo indica la tradición: con una fogata (Holika) la noche anterior a Holi, música, baile, té chai y dulces propios de India. Se supone que la fiesta de colores se realiza a la mañana siguiente, pero nosotros no nos aguantamos y empezamos a pintarnos los unos a los otros. La "pelea" de colores comenzó discretamente hasta que la adrenalina nos llevó a bañarnos en polvos de colores; todos nos perseguíamos alrededor de la fogata, los chicos del staff mezclaron los colores con agua y la melcocha se hizo espesa. Al cabo de una hora más o menos, la algarabía inundó uno de los salones con música tradicional india y todos bailamos y saltamos como niños, completamente cubiertos de colores.



Para ser honesta, me encantó ser parte de una tradición hindú y vivir el propósito de Holi: celebrar la victoria del bien sobre el mal, la llegada de la primavera y el final del invierno; pero sobre todo, ser una festividad para compartir con otros, jugar, reír, olvidar, perdonar y reparar relaciones quizá lastimadas. ¿A quién le importa de qué religión sea, si los valores son tan humanos y universales? ¡Al menos a mí no!!!!!!


domingo, 8 de marzo de 2015

Pasión en el verdor

"¿Qué te apasiona en la vida?"

Esta pregunta me persiguió durante años... Ante la interrogante de mi buen amigo, y sumida en el humo de un café tuve que bajar la mirada y reconocer que nada me movía... muchas cosas me gustaban, pero ¿apasionar? Eso involucra fuego, entrega, convicción... y hasta entonces, nunca nada me había hecho sentir eso...

Cuando dejé Costa Rica, salí apagada, ahogada, frustrada... en Nueva York creí que encendería mi hoguera pero solo logré congelar mis emociones... en Londres anhelé el abrazo de la pasión y solo dormí junto a la indiferencia... en Dharamshala escalé en busca de respuestas, intenté respirar consciencia y rogué por respuestas, pero salí adolorida y en silencio... en Delhi me embriagué de cultura, historia, calor y hastío...en Bangkok admiré, caminé, sonreí a la cultura asiática y ni el Buda Reclinado logró estremecerme... Pero luego me enrumbé hacia aguas desconocidas...

El viaje a Koh Phanghan requirió de un vuelo de poco más de una hora desde Bangkok hasta Surat Thani, una hora en autobús y casi dos horas en ferry. Y fue mientras navegábamos en un hermoso mar azul, sin nada más alrededor que agua y cielo, que caí en cuenta de que realmente estaba lejos de todo lo conocido hasta ahora... ¡Era el lugar más recóndito al que se me había ocurrido ir a vivir! Ni siquiera lo podía ubicar en el mapa, y a decir verdad, no me importó.

Llegamos al puerto de Thong Sala a las 12:30pm, montamos las maletas en un scooter y recorrimos las calles del pueblo por cinco minutos hasta llegar a la casa/restaurante de mi amiga donde nos esperaba un delicioso almuerzo. Luego de ducharme, salí a recorrer los alrededores. Supermercados bien establecidos, puestos de frutas y enormes tiendas llenas de ropa colorida propia de la vida en la playa, abarrotan las calles de uno de los pueblos más grandes de la isla. Mientras caminaba entre mercados y tiendas me sorprendió el primero de muchos atardeceres espectaculares que vería en este lugar...



Viví una semana en esta casa/restaurante, en la que también ayudé a atender a los clientes y a lavar los platos como agradecimiento por el hospedaje. Luego me mudé a una sencilla y típica casa tailandesa -montada en bases- con una vista maravillosa frente al mar. La terraza completamente abierta dejaba entrar la brisa marina que inundaba el único dormitorio y la pequeñísima cocina.



Mi plan en esta isla era seguir estudiando yoga y trabajar en algo que me permitiera pagar los gastos; pero además de esto... no tenía idea de qué hacer. Así que fui a la escuela de yoga de la que me habían hablado y simplemente no resonó conmigo... no era lo que buscaba, al menos no sentí la conexión... Pero encontré un extraordinario profesor de Ashtanga que imparte clases en su casa... ¡genial! atención personalizada...

Mientras tanto, tuve que lidiar con un pequeño gran detalle. En la isla ¡no existe transporte público! Lo único que hay son taxis y scooters. Mis únicas opciones eran gastarme un dineral en taxis, caminar largas distancias mientras el sol y la temperatura consumían mi cordura, o... aprender a manejar moto... así que guardé mis miedos, pagué un mes de alquiler por un scooter y me apresté a manejar a 20 kilómetros por hora, ¡incluso las bicicletas iban más rápido que yo! Pero lo logré... al cabo de unos días me sentía más confiada y pude recorrer casi toda la isla a bordo de mi negra y pequeña nueva amiga...

Con este asunto resuelto, recobré la libertad... una sensación que hacía mucho no experimentaba. Asistía a las clases que quería, cuándo y dónde quería. Y así, montada en mi nuevo scooter, temprano una mañana, de camino a mis clases de Ashtanga, en medio de una vegetación selvática en el centro de la isla, me sorprendí extasiada por la maravillosa paleta de verdes que me rodeaba. Ahí, en el medio de la nada, detuve la moto, y contemplé los tonos de verde... me perdí en su belleza, en su esplendor... no sé cuántos minutos pasaron, el tiempo no se detuvo solo dejó de existir, no escuchaba nada, solo sentía mi pecho ensancharse de gratitud... No puedo explicar qué pasó esa mañana, solo sé que me apasioné en el verdor... dejé de ser yo para ser una con la naturaleza...

Y ahí comprendí que volvía a ser feliz, pero no era una felicidad que venía de afuera.... era un estado interno, un gozo profundo, una alegría de estar viva... Ese fue el inicio del descubrimiento... Aquí empecé a ver para dentro y a encontrar respuestas... Así comenzó mi viaje por la tierra de las "primeras veces"... De esta manera me dejé llevar, me dejé guiar, caí rendida y empecé por fin a sentir pasión nuevamente, pasión en un abrazo fraternal, pasión en los ojos de una amistad, pasión en la sonrisa de un extraño, pasión en las caricias del agua de mar... Empecé a darme permiso, a no pensar mucho las cosas, a decirle que sí a la vida. Y así, encontré mi trabajo como profesora. En una pequeña escuela de yoga, llena de amor, canciones y bailes, hice más que enseñar poses... volví a mi esencia, amé a todo ser viviente y abrí mi corazón...

Y como nada es casualidad en esta vida, descubrí que la filosofía de esta pequeña escuela está basada en las propiedades del cuarto Chakra: Anahata, cuyo color es -por supuesto- ¡el verde!


miércoles, 25 de febrero de 2015

Bangkok: una ciudad espiritualmente mundana

Llegué a Bangkok un sábado por la mañana, tomé un mototaxi y me aventuré en un viaje que cambiaría la perspectiva de mi vida.

Ya en Khaosan Road, me apresté a probar uno de los platillos típicos de Tailandia -pad thai- aunque reconozco que no fue nada especial... pero sentada en un sencillo restaurante de esta transitada y famosa calle, me di cuenta que nuevamente tenía la libertad de usar pantalones cortos sin alarmar a nadie. Así que regresé al hotel, me cambié de ropa y me fui a explorar los templos cercanos: El Buda Reclinado, el Templo de Esmeralda, Templo del Amanecer, entre muchos otros. Pero claro, ¡a Buda no le gusta que las mujeres muestren sus piernas y hombros! -tal como me dijo uno de los porteros en la entrada de un templo-, así que ataviada en una horrible bata amarilla, le rendí homenaje a un Buda de 15 metros de alto por 43 de largo que -recostado sobre su lado derecho- sonríe mientras recibe a miles de visitantes de todo el mundo.

Participé de ceremonias cargadas de ofrendas de flores, velas, cantos, oraciones y reverencias. Me sentí rodeada de un ambiente espiritual, místico y milenario. Recorrí pasillos altamente decorados y me deleité admirando el detalle de la arquitectura oriental. El olor a incienso me embriagó y el tiempo se detuvo mientras contemplaba las estatuillas de piedra o subía cientos de encumbrados escalones. La espiritualidad y la devoción de los tailandeses me hizo sentir al Buda dentro de mí, me hizo cerrar los ojos y sentir mi luz divina. Me dejé arropar con sus cánticos y rezos, y postrada en el suelo disfruté de sus rituales.



De regreso a la vida mundana, recorrí los comercios callejeros de Bangkok, donde encontré muy buenas ofertas que de todas formas no lograron quebrantar mi apatía por las compras.... Sus vendedores callejeros ofrecen los mejores precios, pero sin ser majaderos. Los bares, llenos de turistas compiten por utilizar los más altos decibeles, y los restaurantes llenan las aceras con menúes cargados de platillos exóticos (al menos el nombre lo es) aunque reconozco que la mejor comida que probé fue la que venden en carritos ambulantes.  El tráfico es pesado, el calor agobiante y sus tiendas atiborradas y desordenadas, pero yo solo quería sumergirme en este nuevo mundo, llenarme de sus colores y formas, sentir mi piel libre de asedios, y vibrar al ritmo de la vida asiática. ¡Ese sábado tuvo 50 horas! Recorrí tanto, comí tanta fruta fresca y vi tanta belleza que me pareció una eternidad.



En Bangkok hasta ir al cine fue toda una experiencia... Después de meses de haber renunciado a la televisión, estar frente a una pantalla me pareció irreal. Pero estar en un "mall" fue aún más raro... Lo que antes formaba parte de mi vida diaria y lo daba por sentado, se me hizo ajeno, incluso extraño... Usar zapatos o pantalones de mezclilla, parecía un asunto de otro planeta... Usar maquillaje se me hizo tedioso... Verme en un espejo antes de salir de casa, me parece innecesario... Usar bolso o cartera pasó a ser historia antigua... Usar cinco cremas distintas para diferentes partes del cuerpo ha sido suplantado por el sencillo, barato y saludable aceite de coco... Y ni qué hablar de pedicure o cortes de cabello regulares, ¡eso sí que es un lujo!

Estar de nuevo en una ciudad me hizo ver cuánto habían cambiado las prioridades en mi vida. Lo que no sabía aún es que me encaminaba a una isla que pondría mi mundo de cabeza, que me ahogaría en su pasión y me desnudaría... ¡Sí, Koh Phanghan hizo de mí lo que quiso... y yo -felizmente-, sucumbí!

jueves, 12 de febrero de 2015

¡Oh Delhi y tu "Vagón solo para Mujeres"!

Cuando descubrí que necesitaba visa para entrar a Tailandia, compré un boleto de autobús para viajar a Nueva Delhi. Afortunadamente, en el curso de Yoga también hice una linda amistad con una chica india que vive allí, así que me ofreció su casa; aunque terminó dándome más que eso... me dio un hogar, comida casera, consejos para sobrevivir en esa loca e intimidante ciudad y me presentó el "Vagón solo para Mujeres", pero eso vendrá después.

Mi viaje de doce horas en autobús sería más cómodo de lo que pensé; a pesar de que no pude dormir, aproveché para leer y escuchar de vez en cuando a una simpática estudiante india de enorme sonrisa y gruesos lentes que me ofrecería cuanta comida tuviera a mano (algo muy tradicional de las personas locales). En el trayecto, el autobús se detuvo en el medio de la nada para comer y utilizar el sanitario, pero en plena madrugada mi estómago no estaba listo para curry, dal o chapati.

Casi al amanecer, mi compañera de viaje me señaló unas montañas... "¿Sabes qué es eso?", me preguntó. "¿Montañas?", me pareció la respuesta lógica y racional ante una pregunta un poco tonta -según mi criterio. "Sí, son montañas enormes que se extienden no solo en altura, sino también por kilómetros cuadrados. ¿Ves bien? Sí son montañas, pero no como las de tu país... son montañas enormes ¡de basura!" ¡Nunca antes había visto tanta basura junta! No supe qué pensar ni qué decir, sentí rabia, tristeza, impotencia... Los occidentales venimos a este lado del mundo a buscar el balance, el equilibrio, a recobrar la consciencia, a buscar el camino hacia la luz, a ser mejores personas, y toda esa idea romántica que tenemos sobre el oriente; pero estar en la cuna del Yoga y ver que sus hijos no son conscientes de sus actos, me hizo chocar con una realidad que no me gustó.

Sin embargo, luego de hablar extensamente sobre el grave problema que representa la basura en India, llegamos a la misma conclusión: los seres humanos seguimos perdidos, ignorantes, presos de nuestra mente que se cree inteligente y no es más que un ágil saboteador. Porque a fin de cuentas, los occidentales no estamos tan lejos de semejante ignorancia... quizá tengamos programas de reciclaje muy eficientes y cada día pululen las fincas orgánicas y autosostenibles, pero seguimos siendo unos retrógrados en términos de amor al prójimo, tolerancia y respeto... pero bueno, ese será otro tema (quizá...).

Pasadas las montañas de desechos, el autobús hizo una parada abrupta en medio de la autopista y en hindi me dijeron que esa era la "estación" donde debía bajarme... Me recibió un par de docenas de conductores de todo tipo de vehículos: automóviles, motocicletas, tuk tuks y bici taxis. Por suerte, mi nueva amiga salió a mi rescate, me haló del brazo y se dispuso a caminar conmigo hacia el mercado tibetano que estaba cerca. Me señaló una entrada en medio de tiendas aún cerradas y me dijo que buscara el templo, ahí estaría segura mientras llegaban por mí...nos despedimos, ella siguió su camino y yo me acomodé en una banqueta frente a un templo atendido por refugiados tibetanos.

Eran las 5:30 de la mañana, el día empezaba a clarear y la batería de mi celular había muerto en el camino... Así que contactar a mi amiga para decirle que ya estaba en Delhi era poco viable, y aunque hubiese podido llamarla no sabía dónde estaba... Casi tres horas y muchos malabares después logramos reunirnos en una estación del metro... ¡Ah qué alegría ver un rostro familiar entre tantos cientos de personas!

Y ahí, con ella, conocí la zona rosada del metro, la "Sala de espera Solo para Mujeres". Me pareció indignante, me sentí como animal de circo que transportan en cajas "especiales"...mi mujer feminista salió a flote: "¿acaso soy de calidad inferior a los hombres?, ¿por qué debemos viajar separadas?, ¿somos de una "especie" distinta? ¡No! me rehúso, yo soy un ser humano igual y por tanto no tengo porque viajar separada del resto". Mi amiga escuchó pacientemente los aullidos de esta gata herida, y solo se limitó a decir: "Créeme, es mejor así. Pronto me lo vas a agradecer."

El calor era insoportable, llegaba a más de 45 grados y yo debía cubrirme el cuerpo, sabía que no era por mandatos de respeto religioso, sino por evitar las miradas lascivas... eso lo sabía en mi mente, pero no lo entendí hasta que llegó el metro... y luego de ver pasar varios vagones cargados de hombres, miré a mi amiga y solo pude decirle: "Gracias..."

No quiero alarmar a nadie ni ser extremista, claro que se puede viajar -¡y sobrevivir- sola en las grandes ciudades de India, pero tampoco se puede negar que la energía que emana de su población masculina puede ser amenazante, avasalladora e inquietante. Así que a partir de ese momento, disfrute la compañía de la colorida paleta de saris que se atiborraban en las áreas rosadas del metro.

Así, y ataviada en pantalones y camisas con mangas, me dispuse a enfrentarme a una India diferente, salvaje, ruda, compulsa y fuerte. Me enfrenté a su calor inclemente y a sus hombres. Me enfrenté a mis perjuicios y caminé sola por sus calles. Escondida detrás de mis lentes oscuros disfruté de sus encantos. Comí delicias típicas del sur, visité templos con formas de flores (el Templo de Flor de Loto), recorrí sus mercados llenos de cuanto "chunche" brillante y colorido se pueda confeccionar, regateé como una local (¡y obtuve descuentos buenísimos!); pero lo mejor de todo, lo más impresionante de esta visita lo viví en el Taj Mahal... No hay fotos ni historias que describan la magnificencia de este lugar... todo el agravio que pude sentir en Delhi, se desvaneció ante este monstruo de la arquitectura, ante este regalo de amor, ante este derroche de lujo.

Si ahí, en ese lugar, se conjugan perfectamente las polaridades de un país lleno de cultura e historia, que -al menos desde afuera- parece vivir sumido en la basura de su inconsciencia colectiva...


sábado, 7 de febrero de 2015

¿Atrapada en la lluvia? ¡Oh no lo creo!

Con maletas en la espalda -cargadas de dolores de rodillas, frías madrugadas y un papel que me llamaba "Profesora de Yoga"- me dispuse a abandonar las montañas de Bhagsu. Mi próximo destino sería una isla perdida en la inmensidad de un océano que nunca había escuchado mencionar. Pero antes... Nueva Delhi...

Mi plan original era pasar dos meses en India y luego regresar a Inglaterra para intentarlo de nuevo, con nuevas fuerzas, con proyectos diferentes, quizá en otra ciudad que no fuera Londres, iniciar una vida de pareja (la que habíamos postergado ya por tanto tiempo); pero pronto entendería que cuando decidí confiar (bueno, la confianza vino después... empecé desafiando y demandando ante mi incompetencia) en que el Ser Supremo me vestiría y alimentaría como lo hace con los pájaros, lo primero que debía soltar era mi necedad de hacer planes.

Antes de terminar mi primer mes en el norte de India, comprendí que no sería posible quedarme. Justo empezaba la temporada baja en todo el país: en el área donde estaba pronto llegaría la época conocida como Monsoon (término utilizado para describir fuertes vientos que soplan desde la Bahía de Bengala y el Mar Arábigo hacia el suroeste, trayendo consigo enormes cantidades de lluvia a la zona); mientras que en el sur las temperaturas se elevarían por encima de los 35 grados con la adición de las lluvias. Con este panorama, el país entraría pronto en estado de hibernación, la gran mayoría de comercios, principalmente las escuelas y estudios de yoga, estarían cerrados, los turistas desaparecían de las atiborradas calles y solo los locales tratarían de mantenerse a flote mientras esperan con ansías el regreso de la temporada seca.

No había razón para quedarme a sufrir estas inclemencias climáticas, sin trabajo, sin dinero, sin nada que hacer. A pesar de tener una preciada visa con seis meses de validez, el agente migratorio de apellido Monsoon me negaba mi estadía en India y me pateaba fuera de sus fronteras.

Una tarde, durante un almuerzo, escuché a una de las chicas hablar del lugar donde vivía. Recordé que cuando la conocí no entendí para nada el nombre del lugar, pero pensé que quizá su fuerte acento italiano había impedido que comprendiera su inglés. Así que ese día -al no entender por segunda vez- le pregunté dónde exactamente vivía, en esta ocasión entendí... Koh Phanghan, pero tampoco me sirvió de mucho. Así que ante el signo de interrogación en mi cara, pronunció alto y fuerte: ¡Tailandia!

¡Ah, ahora sí! al menos del país si había escuchado mencionar. La oí hablar de las hermosas playas, los cursos de Yoga, las escuelas donde podría ir a trabajar, los cocos y los atardeceres. Y ahí, sin ton ni son, le solté la pregunta que me llevaría a mi redescubrimiento: ¿Crees que me pueda ir con vos para donde sea que quede tu casa? Ahí, al lado de una compañera de clase, a la que tenía 3 semanas de conocer, decidí comprar un boleto de avión -de una sola vía, sin retorno- para un lugar completamente extraño.

Viajaríamos dos semanas después de ese día, primero pasaríamos dos días en Bangkok y luego rumbo a Koh Phanghan. Mi alma tenía paz, ya no tendría que quedarme en la calurosa y lluviosa India a compartir con las vacas, daría un paso más hacia el Este, me adentraría más en el corazón del maravilloso Oriente. Todo estaba listo: boleto, hotel, lugares y templos que visitar; solo pasaba los días a la espera de terminar mi entrenamiento, tomar mi certificado y enrumbarme al paraíso.

Pero claro, estaba en India, no podía ser tan fácil, ¡oh no! Si algo se puede complicar, ¡de seguro en India se complica!

Una mañana, mientras trataba de asimilar nombres de músculos y huesos, mi ángel guardián me habló al oído: "¿Y no será que necesitas visa para entrar a Tailandia? ¡Tu amiga es italiana pero vos sos tica! ¿Estás segura que al llegar a Bangkok tomarán tu pasaporte azul y le pondrán una "visa de llegada?" ¡Oh por Dios! Es cierto. Tengo un pasaporte azul y no color vino como el de mi amiga. Solo quedaban unos días para tomar el vuelo y yo no sabía si mi nacionalidad tica sería recibida como la italiana. Corrí al primer café internet que tenía cerca (bueno, solo habían dos en el pueblo), y efectivamente, solo 48 países obtienen la "visa de llegada" en Tailandia y mi amada Costa Rica no está en la lista.

Dos horas y varias llamadas después sabía lo que tenía que hacer: viajar a Delhi en cuanto terminaran mis clases, correr a la oficina de migración de Tailandia, presentar los documentos y esperar que las estrellas se alinearan a mi favor para que la visa estuviera lista en 48 horas, recoger mi pasaporte de camino al aeropuerto, pasar la tediosa revisión de seguridad india y llegar a tiempo al último vuelo del día rumbo a Bangkok, ¡sencillo! ¿O tal vez no?



Últimos días en Bhagsu...

Celebrando mi cumpleaños con mis queridas amigas Karen, de India y Clelia de Italia

Certificada como profesora de Yoga


Cena de graduación

La ruta para llegar al pueblo aledaño... ¡por media montaña!

Aprendiendo macramé... matizada con el olor a hachís y 300 tazas de chai



viernes, 30 de enero de 2015

A "desaprender" Yoga!

¡Así es!! Ya en Upper Bhagsu, aprendí que no sabía nada... creía que estaría un mes haciendo ejercicio con mi cuerpo y aprendiendo a contorsionarme... lo que no sabía es que era mi mente la que se haría trizas...

Es cierto que la parte de asanas (posturas) es demandante a nivel físico, pero eso es solo una pequeña porción de lo que implica el camino del Yoga... y sí, ¡mi cuerpo también lo vivió!! Dos clases de asanas al día por un mes fue complicado, y logré sobrevivirlo gracias a cremas ayurvédicas para el dolor de músculos y articulaciones...



Nuestro día comenzaba a las 6:30am. A esa hora debíamos estar sentados en el shala, o al pie de una catarata, en posición cómoda, estable y quieta (claro, ¡luego de tomar una ducha fría!), preparados para más de una hora de ejercicios de respiración y meditación. A pesar de estar en verano, la temperatura en la montaña a esa hora ameritaba un atuendo poco halagador: abrigo, bufanda, cobija y medias... Sentarse a meditar... a callar la mente... ¡eso sí que fue un reto para mí!.... pero era lo que yo quería, ¿o no?, dejar de pensar... estaba cansada del tumulto en mi cabeza... así que diligentemente me disponía a "poner mi mente en blanco"... cosa que nunca sucedió... claro, ¡porque eso no es meditar!!!!!! (pero ya lo aprendería después...)


Luego de estos intentos fallidos por "dejar de pensar", bajamos a tomar té de jengibre con limón y miel para calentarnos un poco antes de la primera práctica de Ashtanga Primary Series (¿¿¿¿?????), jajaja llegué a un entrenamiento de Yoga, pensando que todo era lo mismo, ahhhhhh no, pero escogí un curso basado en un estilo sumamente demandante a nivel físico... Así que a hacer las paces con Pattabhi Jois y a aprender su método... método que me ayudaría a escuchar mi voz interna... 68 posturas más 30 asanas de Surya Namaskar (Saludos al Sol), todas puestas en un orden pre-establecido que harían que mi cuerpo se relajara y pudiera sentarme en quietud para escuchar las respuestas que tanto buscaba... Muy bien, valía la pena el esfuerzo...


A las 10am se servía el desayuno, nada del otro mundo pero ¡sabía a gloria!: ensalada de frutas, curd (una especie de yogur natural), muesli, o porridge (avena en leche), té o café, y tostadas, era todo nuestro menú...

El almuerzo y la cena tampoco eran manjares... más bien eran una lucha constante con los cocineros... (creo que era la forma en que el Universo empezaba a doblegarme, para enseñarme a ser humilde y agradecida con lo que tengo...)


Luego pasábamos el resto del día aprendiendo nombres de músculos en clases de anatomía, o bien, aprendiendo sobre filosofía y bellas palabras en sánscrito; o alineamiento y ajustes, mejoras de posturas, y por supuesto, más práctica de asana -esta vez Vinyasa Flow, que para el cuerpo daba lo  mismo... ¡estábamos destrozadas!.. Y así transcurría el día hasta las 8 de la noche, momento que aprovechábamos la poca señal de Internet para intentar comunicarnos con el mundo exterior... luego caíamos rendidas y empezar de nuevo al día siguiente...

Pero lo mejor era el fin de semana... ahhhhh medio día libre el sábado y todo el domingo... sonaba maravilloso hasta que nos tocaba preparar clases, estudiar y aprender nombres de poses... sin contar que debíamos bajar los cientos de escalones varias veces si queríamos ir al pueblo o a comer algo diferente. Nuestra mejor opción era sin duda "Once in Nature", un pequeño restaurante clavado en mitad de la montaña donde servían comida orgánica, deliciosa y saludable, pero para llegar allí debíamos bajar una pendiente y luego volver a escalar para cruzar al otro lado de la montaña... así que -libros en mano- nos pasábamos el día tiradas en el suelo, comiendo ensaladas, momos y tomando té chai, mientras hacíamos el esfuerzo por no perdernos en historias de viajes, sueños, amores y desamores, y pretendíamos estudiar...




Otras veces nos íbamos al pueblo... lo cual no era nada relajante pues entre pitos, tumulto, tráfico y polvo, India nos arrancaba las pocas gotas de energía que nos quedaban, y por qué no, ¡lo bello del carácter! pero bueno, era parte de la aventura, además que estar encerradas estudiando no era lo más sano, necesitábamos distracción, ¡y vaya que McLeodganj lo ofrece! Con sus mercados bulliciosos, los perros, las vacas, los vendedores ambulantes, los hombres bañándose en piscinas públicas (literalmente ¡en media calle!), las mujeres trabajando la tierra ataviadas con hermosos saris, la basura, las ventas ilegales de carne, los monjes tibetanos, las comidas picantes llenas de salsas y la belleza de los Himalayas; nos ofrecía todo un espectáculo digno de la locura india de la que solo se tienen dos opciones: odiarla o enamorarte de ella... He de reconocer que muchas veces me hastió... y solo deseaba subir los cientos de escalones para refugiarme en el silencio de nuestra lejana y perdida montaña...



Seis semanas viví en este remoto pueblo... aprendiendo a desaprender lo que creía saber, compartiendo con personas a las que no entendía (¡y no necesariamente por el idioma!), llevando mi cuerpo a lugares que no soñé posibles, haciendo macramé entre el humo del hachís y tazas de té, empezando amistades que trascenderían fronteras, conociendo que puedo ser mejor persona de lo que imaginaba, asimilando que en medio del caos se puede apreciar la belleza de la diferencia... Seis semanas después tomaba el autobús que me llevaría al corazón de la loca India... Salí un martes a las 6 de la tarde rumbo a Nueva Delhi... 12 horas después estaría sentada en un mercado tibetano, frente a un templo, sin teléfono y perdida en una ciudad de más de 250.000 habitantes...

Llegué a Delhi creyendo que viviría en India por una última semana y que no volvería... mi siguiente rumbo estaba claro... ahhh, ilusa de mí....